La noche de los muertos vivientes
Las luces se apagan en toda Lima, y no queda nadie despierto
excepto nosotros. Como un par de extraños que
no conocen nada de sí mismos:
¿Te asustas?
¿Es la capital muy grande para tu gusto?
¿Tiene el mar un resplandor amenazante?
El tiempo es un nadador,
sumergido suavemente en la noche.
Hacemos el amor para viajar a ciudades desconocidas
donde la gente es tan infeliz como lo somos nosotros,
como lo es la gente en cualquier otro lugar del mundo.
Buscamos un lugar que al poder llamar “hogar”.
Por eso construimos casas. Nos enamoramos. Tenemos hijos.
Queremos decir: “nuestro”. Pero nada llega, nunca.
Y Lima permanece, solemne, sin saber de nuestra existencia.
Como una lápida.
Círculo de cáncer
Estas frases no tienen sentido:
la vida es ciertamente un libro boca abajo, Ashbery,
pero nuestras oraciones siguen vacías.
Al final has llegado a la puerta
para descubrir que tienes miedo de tocar.
Cualquier augurio que existiera antes ahora está cerrado.
En tu cabeza transcurren cientos de caballos: galopando.
He aquí el mensaje dentro de la botella:
dónde hubo un corazón ahora existe un árbol.
Pero nadie lee nunca el mensaje, y el corazón se marchita.
Los cuentos no tienen moral:
son tan foráneos como las cosas que llamamos “nuestras”.
Y entonces piensas en ese día
como si la memoria pudiera hacerte feliz.
Pero no eres libre del recuerdo
sino un prisionero más de las imágenes.
Aún así, pagarás la tarifa y te irás a casa.
Después de todo, ya es un poco tarde para esta clase de pensamientos.
Fotografía A
Una imagen de la hija que nunca volverás a ver
cuando los tiempos eran mejores
y aún tenías todo el pelo en tu cabeza.
Ella sostiene una sonrisa; tu, la cámara.
Un momento mortal capturado para siempre,
como un pájaro en una jaula. No sabes dónde está ella ahora,
con quién se acuesta, cuáles son sus sueños:
la madriguera es oscura, no tiene fin.
Pero esto no es real: tan sólo un libro de ilusiones.
Apagas la luz, te pones el pijama, te vas a dormir.
Sueñas con pozos oscuros, sin fin.
Domingo 553
Ahora ves la lluvia descender
como si eso pudiera arrojarte alguna señal.
Pero la lluvia no trae nada de vuelta:
hoy las nubes no han permitido cruzar a ningún pájaro.
Afuera está tan oscuro que no te permite ver dónde terminas.
Ya lo dijo Pavese: “No has de volver al lugar donde has sido feliz”.
Pavese era un hombre triste. Se suicidó tomándose muchas pastillas.
Si él es feliz ahora o no, no puedes saberlo.
Aquello era una gran mentira, y sin embargo creíste en ella
como crees en tu nombre, o en que el perdón
de verdad es posible.
Sostiene tu mano una foto de un hombre blandiendo un arma
Detrás del hombre se vislumbra una McDonald’s.
La lluvia, como el océano, aún no trae nada de vuelta,
como el pecado que nunca cometiste
pero que siempre pensaste en hacer de todas formas.
En el fondo de la taza que tienes en la otra mano
hay una imagen de ti mismo: sólo que ese no eres tú,
es alguien más, alguien que lleva tu nombre,
pero que no conoce nada sobre sí mismo.
Carta del enamorado
Amada mía: activo el interruptor de la luz en mi cuarto,
pero ésta se enciende en tu habitación.
Y bien, ¿Quién impide que gires la llave y entres en mi piel?
¿Quién busca el switch para encontrar tan sólo
telarañas, y una lámpara sin bombilla?
Dentro de estas paredes, la culpa arde.
Ahí afuera, el mundo se quema por su cuenta.
lunes 29 de junio de 2009
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1 comentarios:
Lo siento demasiado, Lucho.
Tedras que ser victima del hampa... otra vez!
Me llevo otra foto y una carta.
Nunca dejes de escribir.
-Golddandelions
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