Para la presentacion del libro "Los taxis nunca vendran vacios"
Quién se sube a un taxi viaja (de manera conciente o no contractual) en la ligera línea que nos separa entre ser extranjeros o habitantes. Mucho se ha dicho de las ciudades, las magnas luces los centros urbanos vistas de noche. Yo digo que detrás de uno de los vidrios de la fuerza roja, todo es turísticamente lejano: los objetos que no notaste con anterioridad adquieren otro valor. Sea inmenso o pequeño no es una pregunta, sino una cuestión de perspectiva.
Lo quiero decir es la dimensión desconocida: del otro mundo, el cual era nuestro hasta hace apenas unos pocos segundos, nos separa un cristal y la velocidad con que las personas se deslizan a nuestra derecha. Dentro de la cabina, por otro lado, el nuevo mundo es íntimo: el conductor es de pronto nuestro amigo, la maría un reloj hacia nuestro inexorable destino.
Analogías del viaje y de la vida hay muchas. No sé si del transporte público, pero puedo pensar en una justo en este momento: “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar”. Esa es clásica y conocida por todos, creo, pero sin duda existen más. Borges, muy seguro, estaría de acuerdo. Ahora, comparar un libro con un viaje en taxi… De esa no estoy tan seguro.
Supongo, pero eso hacemos todos: suponer, que el bajarse de ese taxi es como desprenderse de un libro. Lo hayás escrito vos o no (no entraré en cuestiones egoícas, me dijo una amiga una vez al discutir sobre literatura), regalar un libro, parir un libro, es dejar el mundo que hasta hace poco conocía tan bien, y dejar que se desvanezca. Y eso nos sucede a todos los que alguna vez hemos entregado un libro: sea por amor, amistad, locura o suicidio.
Obtener algo a cambio de este viaje es cuestión de mercaderes. Hay quienes venden sus libros. Otros, los más altruistas, los dan a cambio de nada, como si en ese acto existiera algo sagrado o cósmico. Sin embargo, hayás comerciado o cambiado un libro por tu alma o por dinero, no creo que exista nada que pueda reemplazar lo que acabás de perder. Te quedan, entonces, dos opciones: ser consecuente con la decisión, o robarlo de vuelta.
Por mi parte nunca he robado un viaje en taxi. Robar un libro, lo admito, es una de las tantas bajezas que llevo a mi nombre, pero jamás un libro que ya he entregado a otra persona con otras intenciones. Por tanto, me atrevo a afirmar que todos somos felices con la decisión de regalar un pedazo de universo.
Quiero decir también que un libro es nuestro lugar de confesiones. Dentro del auto, dentro del texto, saldamos nuestras cuentas y hacemos, como se dice, empate. El que peca y lee nivela, como si la cantidad de agua que entra es justo la cantidad de agua que sale. Eso, me dicen, se llama balance, y es lo que tanto nos recomiendan filósofos chinos, entre otros más new age.
Pero no estamos acá para discutir sobre filosofía oriental o del gran ying-yang. He intentado comparar el mundo privado de una cabina de un taxi con un libro, o con el abandono. A fin de cuentas, ambas cosas podrían ser lo mismo, o no ser absolutamente nada.
El libro como viaje, el taxi como medio. Dos líneas paralelas que, con el permiso que me tomo, entrecruzo hoy para hacer llegar mi punto. Entre una cosa y la otra, el perfecto pasajero que sólo viaja y ve salir las estrellas detrás de un vidrio polarizado. Así quizá, pero sólo quizá, los libros nunca vendrán vacíos.
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