lunes, 14 de septiembre de 2015

Ciudad radiante, capítulo 1: Rodolfo

Entro al baño, me inclino sobre el lavamanos, vomito sangre. La sangre es morada, casi negra. Abro el grifo, dejo que el agua lave la sangre. La placa oscura que queda sobre el lavamanos parece la sombra de la marea sobre la arena. Junto las manos bajo el chorro. Me echo un poco de agua en los ojos, en la cabeza, en la boca. Froto las manos alrededor del lavamanos para limpiarlo, cierro la llave. Limpio el exceso de agua
(de sangre),
en la camisa. Salgo. Cierro la puerta con cuidado de no hacer ruido, voy a la cocina. El reloj del microondas marca las dos de la mañana. Saco un paquete de Rex de una de las gavetas de la alacena, me siento en una silla, enciendo un cigarro. Mi esposa y mi hijo siguen dormidos. Tomo una taza del escurridor, echo la ceniza adentro. Al terminar el cigarro enciendo otro. Pienso en mi esposa. Exactamente: en el día en que nos casamos.


Ella había sido hermosa. Quiero decir: ella se ve hermosa con su vestido de bodas. El vestido es celeste. Yolanda está embarazada. El niño lo perderemos unos meses después, en un accidente de tránsito. No hace falta decir más sobre el tema. Nos casamos en la oficina de un abogado, a escondidas de su familia. El título de Licenciado en Derecho cuelga en la pared, tras el escritorio, sobre un anaquel lleno de libros. Yo mismo estudio Derecho, aunque nunca conseguiré más que un bachillerato. Tampoco es necesario decir más sobre eso.


La única ventana en la oficina da a un pequeño parqueo casi vacío. El auto está mal estacionado en uno de los campos. O quizá deba decir nuestro. Nuestro carro, pues. Llega otro, se parquea en el campo de la par. Al mismo tiempo, Yolanda se inclina sobre la mesa. Puedo ver la parte de atrás de sus muslos. Su mano es firme como el hierro. Me entrega la pluma: la tinta es del mismo color que su vestido. Pienso: es una señal.
El abogado recoge los papeles, los mete en una carpeta. La carpeta va en un archivero. Nos dice, sin mirar a ninguno de los dos: Muy bien. Todo muy bien. Nos tiende la mano, la estrecho. Rectifica: Ya están casados; que sea un feliz matrimonio. Lo dice como si alguno de los dos estuviera cumpliendo años; como si de pronto esperara ver caer del techo un par de globos, una piñata. Sin dejar de sonreír nos acompaña a la puerta, nos despide.
Mi esposa y yo nos tomamos de la mano, bajamos las gradas. La luz de las bombillas es blanca: lo iluminado tiene la apariencia de ser nuevo. Llegamos a la planta baja, atravesamos unas puertas de vidrio, nos dirigimos al carro. El cielo es celeste porque ese día el mundo es celeste. Abro la puerta del pasajero, Yolanda sube. Doy la vuelta por la parte delantera. Nuestras miradas se buscan a través del parabrisas. Subo. Introduzco la USB, pongo reversa. Al echar para atrás, golpeo con mi retrovisor el espejo lateral del otro carro estacionado a la par. ¡Mierda!, digo. Yolanda no dice nada.
Apago el motor, salgo. Los alaridos de la alarma hacen trizas el silencio de todo el parqueo. Es un Toyota. Observo un rayón en el costado del conductor. Una de las llantas traseras parece estar un poco baja. Un hombre pequeño, un poco gordo, se acerca corriendo. Su panza se mueve de arriba a abajo. Su camisa conserva una gran mancha amarilla bajo sus axilas, aunque el día no está particularmente caliente. Dice: Ay Dios mío, ay Dios mío. Extiendo las manos en señal de disculpa. Le explico que he arrancado uno de sus retrovisores. Él no escucha. Dios mío, dice de nuevo.
Prometo pagar por el repuesto, los gastos del taller, lo que sea. El hombre inspecciona el retrovisor como si sostuviera entre sus dedos uno de sus propios ojos. Mira el costado del Toyota, dice: ¿Y el rayonazo también? Y agita sus brazos, me mira con furia. Respondo: Ese rayón ya estaba ahí, señor. Él dice una vez más: Ay Dios mío. Yolanda nos sigue a través del cristal: para ella una película cómica en un idioma extranjero. Le ofrezco al gordo esperar al tráfico si eso es lo que quiere, pero el tipo no dice nada. Mira el carro, me mira a mi. Parece no comprender bien de qué se trata todo esto. Le digo: Este mi es número de celular, mi compañía de seguros se pondrá en contacto con usted. Y termino con una palmada en la espalda.  
Vuelvo al auto. Ingreso la USB, abandono el parqueo. Por el retrovisor veo que el mae aún contempla su espejo, los vidrios rotos sobre el pavimento. Doblo a la derecha, lo pierdo de vista. Yolanda no dice nada. Pone su mano sobre mi rodilla, me besa despacio un cachete. Estamos enamorados: nada de lo que nos pueda pasar ahora o después quebrará este sentimiento. Eso creo entonces.
Alquilamos un apartamento en Barrio Escalante. Un lugar pequeño, una habitación, de construcción reciente, bien iluminado. Yolanda se quita su vestido, entra a la ducha. Su vientre apenas si comienza a mostrar la curvatura del embarazo. Los calzones sobre el suelo muestran el camino hacia su entrepierna. Yo también me quito la ropa, entro al baño. Su pubis húmedo es un bosque en el cual ha llovido cinco minutos antes. Sus uñas dibujan un mapa en mi espalda.


Un día cualquiera, más de veinte años después, despierto. Vomito sangre oscura en el lavamanos del baño de nuestra casa hipotecada.


Permanezco sentado en la cocina hasta que amanece. Fumo todos los cigarros. En algún momento me levanto, preparo café, bebo una taza. A las seis de la mañana, Yolanda entra en la cocina. Me dice: Buenos días, ¿has estado fumando? ¿Estás bien? ¿Hace cuanto estás acá sentado? Le digo que estoy bien; que no he podido dormir; que estoy preocupado por algo del trabajo. Lo adorno con mi mejor sonrisa.
Me besa en la frente, comienza a preparar el desayuno. Me levanto, voy al cuarto, me cambio de ropa. Me echo un poco de colonia en el cuello para disimular que no me he bañado. Regreso a la cocina. Eugenio está sentado a la mesa: el uniforme de colegio arrugado. Yolanda hace una mueca. Lo obliga a quitarse la camisa, los pantalones. Saca la plancha, alisa el uniforme sobre el desayunador. Eugenio va el baño, se lava los dientes. Al escucharlo escupir la pasta y enjuagarse, pienso de nuevo en la sangre al fluir por la cañería. Yolanda coloca el uniforme en el respaldar de una silla, se sienta a comer.
Me lavo los dientes, orino. Eugenio me espera en el carro. Beso a Yolanda, acaricio sus tetas flácidas debajo del camisón. Me dice: Te amo. Te amo. Salgo de la casa, subo al carro. Eugenio ha puesto la música a todo volumen. Una estación privada. Bajo la radio, la ventanilla del carro. Él suspira en el asiento del pasajero, pero no dice nada. Yo tampoco. Meto la marcha, abandonamos el garaje. El cielo es limpio como el día de mi matrimonio. Como el día en que perdimos a nuestro primer hijo.
Tomo la autopista, luego la vía express que atraviesa La Uruca. Hago fila en la presa. Gracias a la nueva campaña de amabilidad automotriz promovida por el Ministerio de Transportes, los conductores sonríen estúpidamente detrás del volante. La campaña consiste en reemplazar el aire acondicionado de los carros con óxido nitroso. Atiborrar las estaciones gubernamentales con música clásica o smooth jazz. La gente cede su lugar en la fila, ríe, se saludan unos a otros. Ninguno pelea. Nadie toca el pito. Yo nunca prendo el aire acondicionado ni la radio.
Media hora después estaciono el carro en la entrada del colegio. Eugenio se baja, revienta la puerta contra el carro. Siento ganas de salir, agarrarlo del cuello de su camisa, pichasearlo. Pero me contengo. Y no porque sea mi hijo: la verdad, no sé por qué. No quiero hacer una escena. Enciendo el carro de nuevo, conduzco a la oficina. Un título de Bachiller en Derecho me ha dejado una carrera de asistente legal. Un asistente legal no es nada más que un mensajero: un imbécil que se dedica a entregar paquetes. El bufete queda en un edificio cerca de San José Norte. El edificio lleva el nombre de algún arquitecto europeo. Sobre la entrada, una pantalla plana dice: ¿Necesita un abogado? ¡Llame a Volio y Asociados! Y seguido un número de teléfono.
Entro al parqueo, estaciono el carro en el primer campo que encuentro vacío: bastante lejos de las puertas del vestíbulo. Nada que hacer. Camino despacio por lo que parece unos diez minutos. Si no fuera mensajero, no podría hacer otra cosa. No sirvo para nada. No tengo otras habilidades. Tampoco la posibilidad de un ascenso a menos que consiga mi Licenciatura. Pero nunca conseguiré una Licenciatura. Supongo que debería estar agradecido. Por ejemplo: por el empleo, por el campo, por el clima, por la sangre. No.


Entro al vestíbulo. En una de las esquina, un mostrador tallado en madera de cedro. Las paredes adornadas con pinturas de reconocidos artistas nacionales. Todo costoso, patético, despreciable. Arte. Me acerco al mostrador. La secretaria viste falda gris, tacones rojos, una blusa blanca. Su nombre es Éricka. Éricka La Mexicana no me soporta. Me ignora. Evita hablarme o mirarme a los ojos. En las fiestas de la compañía se sienta junto a mi Yolanda: quiere descubrir lo verdaderamente repugnante que puedo ser. Cualquier cosa que justificara su desagrado. Para ella no es suficiente con ser una rata de tercera clase.
Éricka me entrega unos paquetes, me obliga a firmar un documento. Continua tecleando en su computadora. Sus ojos cerrados: los dedos presionan letras invisibles sobre la madera del mostrador. A un lado, una delgada tabla de madera sostiene unos ganchos de donde pende la USB de la Vespa. Tomo la llave, voy al casillero, me meto al baño. Durante un segundo temo vomitar de nuevo, quiero decir: lo siento en mi garganta. Al inclinarme sobre el lavamanos sólo es un poco de tos. Me lavo la cara, salgo de nuevo al parqueo, camino hacia la moto del mensajero.
La Vespa es roja. Tiene una maleta en la parte de atrás para los paquetes. No es mía: sólo se me permite usarla en horas de oficina. Y la gasolina corre por mi cuenta. Antes de lanzar los paquetes en la maleta miro la dirección en la carátula: Tribunales de Justicia de Puntarenas. Subo a la moto e introduzco la USB. El motor hace un ruido como el de un estornudo, enciende. Me pongo en marcha. Huyo del parqueo, de los edificios. Conquisto la vía express hacia Caldera.


A ambos lados de los carriles, los nuevos árboles mecánicos: el invento de moda. Estos árboles son apenas unos postes grises con un poco de ramas. Dos hojas verdes procesan el óxido de carbono, lo convierten en oxígeno. De camino mi paladar adquiere un sabor salado. Al toser empapo mi mano de un color rojo como el vino, o como la Vespa. Limpio la sangre en mi pantalón, sigo conduciendo. Después huelo sal, arena, polución.
Los edificios me reciben con una inclinación de sus cabezas. Varias personas juegan en la playa con una bola de plástico. Ingreso a la ciudad, busco un campo vacío lo más cerca de los Tribunales de Justicia. Encuentro uno dos cuadras antes del edificio, bajo una palmera industrial. Apago la moto, agarro los paquetes, camino a la entrada del edificio. La fachada está llena de graffitis aún no borrados. Algunos son un eco de otros que he visto en San José. Uno dice: Tribunales de Ju$ticia. Otro: Patri Rika. Otro: Jzl1xnx k L30pxrdl 3r3s
En el vestíbulo descubro una exhibición de esculturas diminutas fabricadas con productos Apple. Más arte. Entro a una pequeña oficina que dice: Entregas. Me recibe una secretaria de unos 25 años, morena, piel oscura. Una R0xxx: una mujer modificada. Sus piernas cruzadas permiten entrever sus muslos internos. El liguero negro. La saludo: Hola. Y ella no me responde. Saca un cigarro electrónico, lo enciende. Me entrega un pedazo de papel digital. Coloco los paquetes sobre su escritorio, firmo el entregado. Ella escribe algo, me lo entrega. Salgo.
Una ráfaga de arena me abofetea el rostro. Siento el vómito escalar por mi garganta. Aprieto los dientes, me lo trago de vuelta. El ácido quema mis cuerdas vocales. Es casi medio día, busco un restaurante. Invado un lugar abierto cerca de donde he estacionado la moto. Me siento en una mesa. El restaurante está casi vacío, el mesero llega inmediatamente. Pido una Coca Cola, una hamburguesa con queso, dos cajetillas de Rex. Exijo al mesero que me traiga primero los cigarros con un encendedor. Él dice: Aquí no se permite fumar, señor. Contesto: Sáqueme, entonces. No lo hace.
La nicotina sabe diferente. Inhalo el humo. Que pueble los pulmones. Reprimo la tos, exhalo. La nube de humo asciende hacia el techo, se desvanece tan pronto como ha salido. Luego llega el mesero con la comida. Apago el cigarro, como en silencio. El hielo se deshace en seguida. La Coca adquiere cierto sabor a sal que resulta imposible quitar de la lengua. La carne de la hamburguesa está algo cruda. La lechuga, añeja. Omito el último mordisco. Me limpio la boca con una servilleta, me levanto. Pregunto por el baño. El camarero me señala una puerta al final de un corredor mal iluminado.
De nuevo vomito sangre, esta vez con tanta fuerza que por un momento creo que también he vomitado mi hígado, mis pulmones, mierda. Me siento en el inodoro, busco aire. Cuando me siento mejor, enjuago mi boca con agua del tubo, con mi camisa. Comprendo de inmediato que algo anda terriblemente mal conmigo. Me miro en el espejo: veo unos ojos claros, asustados, amarillos. Para terminar, me echo un poco de agua en la cara. Salgo, pago mi comida. Camino con dirección a la playa.


Sobre la arena, una banca. Me siento. Enciendo otro Rex, pienso en mi vida. Cualquier cosa que esté mal conmigo, quiero decir: adentro de mí, puede ser combatida, pero no derrotada. Lo sé. Me veo en la oficina de un oncólogo, en la cama de un hospital. Mi familia a mi lado. Me veo sin cabello, pero con una sonrisa: la mueca insoportable de un hombre seguro de contar con unos cinco años más de vida. El final siempre el mismo, inevitable: la muerte. Veo mi futuro desenvolverse frente a mis ojos. Y eso no es lo que quiero. A la mierda los hospitales, la quimioterapia, los doctores. A la mierda la familia. Todos fantaseamos con una muerte dramática: mi muerte no tendría ningún dramatismo. Es la muerte un mediocre. Sin sorpresas. Igual que mi vida.
Camino hasta el borde de la playa. La marea rompe a mis pies. Lanzo mi teléfono a las olas. Saco mi billetera del bolsillo del pantalón: también la tiro al mar, lo más fuerte posible. Enciendo otro cigarro, regreso a la moto. Conduzco entre las calles en busca de un taller abierto. No es difícil encontrar uno, cualquiera. Es un sitio oscuro, desordenado, sin rótulo. Parqueo la moto adentro, me bajo. Un sujeto sucio sale de una puerta a recibirme. Su rostro está lleno de tatuajes, de piercings. El cabello tiene el color del cromo. Un NetPunk.
Le señalo la moto con un gesto de mi cabeza. Le pregunto: ¿Cuánto me das por esto? El NetPunk me mira como si no comprendiera mi idioma. Mira la moto. Se acerca, toca el volante, las llantas, el asiento. La olfatea. Insisto: Es del año, tiene algo de kilómetraje, pero aún está buena, es urgente. El mae no dice nada. Le tiendo la USB. Él enciende el motor, escucha atentamente el sonido de la máquina. Ese lenguaje sí lo comprende. Se limpia las manos en la camisa, me dice: Cinco millones de colones, en efectivo. Le respondo: Bien. Es mejor de lo que esperaba. El NetPunk ingresa a una habitación pequeña. Al salir trae un rollo de billetes en las manos. Le entrego la USB. Agarro los billetes, los meto en mi bolsillo. Nos despedimos igual que un par de extraños que no se han visto nunca en la vida.


Deambulo entre las calles buscando rótulos de alquiler. Los edificios de apartamentos cercanos a la costa son lujosos, caros. A medida que me adentro en la ciudad, una ciudad no tan diferente a San José además, como una extensión o un apéndice o un tumor, descubro barrios más pobres, lugares escondidos, alamedas desgastadas con pocas personas. Es decir: la ciudad olvidada por el futuro. Encuentro una casa un poco vieja, con un portón rojo, de donde han colgado un rótulo de "Se Halquila". Debajo de la H, un número de teléfono. Lo memorizo. Entro a otro restaurante, pido el teléfono con la excusa de haber extraviado el mío. Llamo a la gente del alquiler, saco una cita para ver el lugar en veinte minutos.
Espero frente al portón. Llega un hombre de unos cincuenta años. Es calvo. Me acerco, nos estrechamos la mano como grandes amigos. Me pregunta el nombre, lo invento. Abre el portón, la puerta de la casa. Entramos. Adentro descubro un sillón, una mesa, una refrigeradora, una cama individual. El hombre me explica que el lugar está sin amueblar, pero que por un poco más de dinero al mes podría dejarme los pocos utensilios alrededor. Pregunto: ¿Cuánto más exactamente? Y él contesta: Quinientos al mes, más el depósito, claro. Acepto. Pago el depósito más dos meses en efectivo. El hombre me entrega las llaves. Nos despedimos con un abrazo.
Con lo que me sobra de dinero compro una pequeña cocina de gas, ropa, varias pastillas de L30. También compro comida, agua embotellada, muchos cigarros. Al terminar de hacer las compras, apenas si me queda dinero en los bolsillos. Pienso: Tendré que conseguirme un trabajo, si la situación llega a menos. Una vez en el apartamento, cierro las cortinas, me acuesto sobre la cama. Pienso en Yolanda. Me tomo una pastilla, ingreso a Internet.
Bajo una aplicación para ocultar mi dirección IP. No quiero que nadie me localice. Mi interfaz es algo rudimentaria, lenta, pero sirve. Es como navegar en un río lleno de lodo. Ingreso a algunos sitios porno, busco entre los videos alguno que me guste. Un pop up se dispara de pronto para advertirme de los riesgos que un virus representa a mi sistema neuronal. Blah, blah. Lo cierro. Selecciono videos clásicos.  Exploro aquellos con Eva Angelina. Clickeo en uno donde ella se coge al esposo de su mejor amiga. O  cualquiera.
El nanochip en mi cerebro recibe la estimulación: el pene se me endurece de inmediato. Ni siquiera tengo que jalármela. Todo es automático. Me riego. Cierro el esfínter, me contengo. El actor obliga a Eva a ponerse de rodillas. El semen cae. Empaña los anteojos. Le ensucia las tetas. Yo también tropiezo sobre ella. Me siento más tranquilo, más calmado. Me desconecto. Por un segundo es difícil recordar dónde me encuentro. Qué hago. Volteo mi cabeza, vomito. Observen: una mancha de sangre sobre el colchón. Entro al baño, me ducho con agua caliente.


Yolanda aún es virgen cuando nos conocemos. Me dice que ha tenido un par de novios, ninguno serio. La primera vez cogemos en la habitación de un hotel de lujo. Ella tiembla como una hoja al desvestirse, pero pronto agarra confianza. Experiencia. Al principio es incómodo, pero el placer o el dolor o la muerte no tardan en llegar. La mañana siguiente descubro que hemos manchado las sábanas con sangre. Contemplo la cama como si fuera la escena de un ritual, o tal vez un lienzo. Ella me mira asustada, su cabello desordenado. Me dice: Por favor no se lo digás a mi papá, por favor. Contesto: Claro que no. Pero quiero contárselo a todo el mundo. Lo seguiremos haciendo a escondidas cada vez que podamos, como un pecado, pero ninguna será como esa primera vez, tan íntima, tan prohibida. Mi pasado
(mi futuro),
es tan sólo una mancha de sangre sobre el colchón.


Yolanda es alérgica a la L30. Una vez ingresamos juntos a Internet para ver algo de porno, en pareja, pero ella se vuelve paranoica, asustadiza. Le cuesta respirar. En el hospital, el doctor nos explica que las células en su cerebro se han enlazado de una manera diferente a su nanochip. En otras palabras: ella está condenada a utilizar conexiones WIFI. Conexiones antiguas, arcaicas, sucias. Y eso no es seguro. Ese día descubro una sima entre nosotros: la intimidad que nunca podremos compartir.


Un hombre sentado sólo en un teatro, a oscuras. Esta no es su vida, sino la de alguien más. No es su muerte.


Aún puedo volver a casa. Puedo decir que he sido asaltado. Que he perdido todo excepto la vida. Puedo recuperar algo de dignidad, un sentido de pertenencia. Pero una parte mía me dice que no lo haga. Y esa parte se llama libertad. La promesa de la muerte me ha dejado sin ataduras. Mi foto de perfil es ese avión que descubre, al momento del aterrizaje, que ha perdido los frenos.